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“El salmón” es el título de un tema que forma parte del quíntuple cd, que aparecerá en octubre. La frase de la canción es “Siempre seguí la misma dirección / la difícil la que usa el salmón”.
Por Martín Pérez
“¿Vos no escribís una nota por día?”, es la pregunta con la que el entrevistado golpea primero. “¿Y entonces qué tiene de raro que yo escriba una canción por día? Si te sorprende es porque los artistas suelen ser unos vagos. Yo no lo soy. Y escribo más de una canción por día. He llegado a hacer cinco, y hasta diez... Porque si escribo sólo una, estoy a apenas un día de dejar de escribir una canción por día. Y eso sí que me da miedo”, dice Andrés Calamaro desde lo profundo de Deep Cambodia, el diminuto cuarto devenido en estudio casero, estratégicamente ubicado bien al fondo del entrepiso de su hogar, en pleno Barrio Norte porteño.
Apenas un par de cuadras más allá, al lado del cementerio de Recoleta,
el multiplex más lujoso de Buenos Aires exhibe los últimos films de
las distribuidoras más poderosas. Un par de cuadras más acá, y sin
pochoclo de por medio, un artista tan desgarrado y excitado como
Christopher Walken en El francotirador expone de pregunta en pregunta
–con la contundencia del percutor gatillando en la recámara vacía–
la lógica de su tormenta perfecta. Un vendaval compositivo que le ha
ido llenando las manos con compacts y más compacts repletos de
canciones compuestas y grabadas diariamente en el caserísimo grabador
de cuatro pistas que preside el cuarto, ante la mirada paternal de Muddy
Waters, Goyeneche y The Rat Pack –aquel quinteto de estrellas de Las
Vegas liderado por Frank Sinatra y Dean Martin– desde los posters que
adornan sus paredes.
“Nunca me había pasado algo así”, confesaba Calamaro hacia fin de
1998, cuando el estallido compositivo que lo acosaba desde ese año
nuevo lo estaba conduciendo directamente a Honestidad brutal, dos
compacts (que hubieran llegado a tres discos y medio en el mundo del
vinilo) con treinta y siete canciones, su particular respuesta al éxito
del multivendedor Alta suciedad. La actualidad del ex Rodríguez y ex
Abuelo de la Nada, sin embargo, anuncia que aquello no fue un final sino
el comienzo. Si por entonces bromeaba con que “el nuevo disco tiene
que ser quíntuple, así Dylan se va a enterar” (y luego dijo que “cuando
quería que el disco fuese quíntuple estaba loco, pero era un loco
trabajando”), hoy la noticia es que Calamaro ha duplicado la apuesta.
Y se ha terminado por tomar en serio su desafío. Esta vez su nuevo
disco, efectivamente, será quíntuple. Un nuevo disco que son cinco,
cinco discos que son uno. O al menos eso es por lo que aún lucha el
artista, ante la idea de su compañía discográfica de editar también
el primer disco de los cinco, por separado. ¿El nombre del flamante
álbum, a editarse en octubre? El salmón. ¿Por qué? Por una frase del
tema que bautiza la placa: “Siempre seguí la misma dirección / la
difícil la que usa el salmón”. Algo que muy pocos están en
condiciones de discutirle. Y mucho menos ante el inminente ataque de un
ejército integrado por cien –tema más, tema menos– nuevas
canciones.
“A la hora de mirar atrás, el marinero no piensa en los días del
reposo tranquilo en su casa, sino que recuerda con orgullo sus desafíos
en el mar”, intenta explicarse. “Así que aquí estoy yo de nuevo,
otra vez en el mar. En los años en los que estuve tranquilo, no hacía
más que mirar televisión y componer diez o doce canciones por año. Y
eso no es vida”, asegura Calamaro, que desde hace poco más de una
semana está anclado en Buenos Aires, recién llegado de Madrid con el
primer esbozo de lo que será su próximo disco recién terminado y
esperando turno para viajar a masterizarlo a Estados Unidos. “Sucede
que los maestros del mastering tienen la agenda completa, y sólo les
queda libre una jornada aquí y allá. Pero yo tengo cinco discos...”,
celebra y se resigna a la vez. Lejos de estar esperando ocioso que
llegue el momento, ha encontrado tiempo en Buenos Aires para celebrar de
la manera más íntima su cumpleaños número 39 el pasado martes, así
como para hacer un breve acto de presencia en el lanzamiento de
Quitapenas –el segundo disco solista de su hermano Javier–,
realizado en el Hard Rock Café, y para tocar con los Ratones
Paranoicosen Museum, el pasado fin de semana. “Fue divertido”,
cuenta. “Cuando subí a tocar ‘Satisfaction’ les pregunté ¿qué
tema es? ¿en qué tono está?”, recuerda, divertido.
Pero más allá de su actividad fuera de casa, lo que sigue funcionando
en su hogar porteño es la máquina de hacer canciones. Mientras un
packaging casero con los cinco compacts de El salmón –artesanalmente
construido con restos de otros compacts y dibujos caseros que recuerdan
aquellas viñetas de los discos de Pescado Rabioso–, espera por las
decisiones empresariales (y artísticas, de ser posible), por su
correspondiente mastering y terminar de ser empaquetado con el arte
apropiado. Las manos de Calamaro han vuelto a llenarse de canciones
grabadas en el mismísimo lugar donde comenzó todo, y donde todo
sucede. En Deep Cambodia, donde es posible preguntarse –tal como reza
la penúltima de sus grabaciones– “¿Cuántas veces sale el sol en
un día?”. “Quiero hacerme a un lado de todo, salir de la máquina”,
susurra Andrés. “El año pasado agarré mis canciones y me junté a
escucharlas con una pareja amiga, y les decía: ‘Estas canciones las
vamos a escuchar sólo nosotros’. Y, la verdad, a veces me gustaría
que así sea.”
Así sucedió, por ejemplo, con la mayoría de las “Canciones turras”.
¿Qué son las canciones turras? Los hits perfectos marca Calamaro,
estribillos que toman por asalto el cerebro del oyente como un virus y
se niegan a salir de allí. Durante el activo verano porteño pasado, en
el que se gestó El salmón, Calamaro supo esgrimir todo un CD
etiquetado con ese nombre. De aquellos virus, sin embargo, sólo ha
sobrevivido uno: justo el tema que queda sonando en la oreja del
atrevido visitante que se someta a escuchar los cinco compacts
definitivos, de un tirón. “Pero ya les he dicho a los de la
compañía que si este tema va como simple, yo lo saco del disco”,
advierte. ¿Por qué? “Porque yo sólo quiero verdades en mis
canciones, y esta canción es mentirosa.”
Las verdades de Calamaro van de la justificación del ojo por ojo contra
los responsables de la sangrienta dictadura militar de Videla y
compañía hasta el verso “¿Qué tiene de malo meterse una raya de
coca? Cualquiera lo hace”. Esos son los extremos, claro. Hay mucho
más, por lo general liquidado en poco más de dos minutos. “No sabés
la cantidad de cosas que se pueden decir en dos minutos de canción, sin
perder tiempo en el estribillo y en los solos”, revela. A pesar de que
el primer disco –ese que quiere sacar su discográfica de manera
separada– está repleto de melodías contagiosas, coros de tribuna y
hasta joyas confesionales como “Mi funeral” (versión once –“la
de bronce”– de un casero CD estival repleto de funerales), es
recién con la escucha de los otros discos que se completa el panorama
heroico desde el cual Calamaro quiere dejar en claro su estado. “Este
disco va a terminar con la mentira de los músicos y con el mito de las
megaproducciones”, se entusiasma con el correr de las canciones, casi
todas grabadas en su cuatro canales casero, y con las mejores tomas
vocales registradas en un humilde y golpeado micrófono Shure que
Andrés señala orgulloso durante cada canción. El toque final a la
avalancha de temas nuevos –hay de todo: confesionales, (des)
enamorados y hasta enojados– son los covers que asoman aquí y allá
en los cinco discos. Lo mejor son los tangos, que Andrés demuestra
cantar mejor que nadie. “El año pasado estaba obsesionado con hacer
la música del siglo XXI, hasta que al final me di cuenta de que esa
música son mis propias versiones de los tangos de siempre, grabadas sin
pretensiones de cantante”, explica, y acierta. Entre los demás temas
ajenos asoman dos de Spinetta (“Durazno sangrando” y “Laura va”)
, uno de Vox Dei, cuatro de Los Beatles, dos de los Stones e incluso un
“No woman, no cry” devenido en himno dance que ya envidiaría la
mismísima Madonna. “Había hecho una versión así de ‘La bestia
pop’, pero me pareció demasiado”, se disculpa. También recuerda
que este disco debió llamarse “Paraísos perdidos”, pero que el
nombre se perdió apenas comenzó a remezclar los temas en un estudio de
Madrid. “Ya recuperaremos esos paraísos”, promete. Por lo pronto,
en octubre llegará el momento de El salmón. Que abre con un primer
tema firmado por Marcelo Scornik –su co-compositor desde la época de
“No me pidas que sea un inconsciente”, que en este disco ha aportado
lo suyo– que reza: “Quiero arreglar todo lo que hice mal”. Por lo
pronto, Calamaro ha terminado por cumplir el sueño de los cinco discos
de un solo golpe. Ya llegará la hora de todo lo demás.
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